domingo, 16 de enero de 2011

Saúl se va a morir de hambre



Saúl se va a morir de hambre pronto. O en el mejor de los casos, será condenado a padecer alguna discapacidad severa por no haber recibido los aportes nutricionales mínimos en los penosos tres años que lleva de vida.
Saúl y su hermanita comen yuyos desde hace una semana. Su mamá no tiene que darles de comer, y tampoco tiene ganas de vivir. Quiere morir, y que sus hijos mueran con ella y así poner fin a tanta desgracia.
Viven en Colonia Santa Rosa, Salta. La Municipalidad local les niega asistencia (o sea, les niega comida) porque los padres de Saúl son bolivianos y no tienen documentos. Pero Saúl es argentino. En el Hospital del pueblo no lo quisieron asistir y lo mandaron de vuelta a su casa. Es decir, el Hospital lo condenó a muerte.
Lo veo ahí, paradito, casi sin poder mantenerse en pie por sus propios medios. Después se acuesta en el suelo caliente de barro, con la mirada ausente, derrotado. Y me pregunto: cómo se puede estar ya derrotado a los tres años?
Yo también me siento derrotada, sumida en la impotencia y reducida a la más mínima expresión del ser humano. No tengo otra cosa para darles más que $50 y lágrimas. Muchas lágrimas. Lo veo paradito junto a su mamá, pienso en mi propio hijo y me quiebro, no puedo hablar más. Mi estómago se retuerce y mi alma se vacía.
Sólo puedo darme cuenta de la abundancia absurda en la que vivo y sobre la cual desconozco. En lo desagradecidos que somos muchos….cómo si sólo fuese cuestión de agradecer.
Saúl es el resultado (lamentablemente, no el único) de ciertos dirigentes y funcionarios que siguen de fiesta. Que viven a expensas de su hambre y su desgracia. Es la consecuencia de quienes todavía hacen del hambre esa soga al cuello de muchos que, cautivos del estómago vacío, se entregan por un bolsón de comida o un par de chapas. Y cómo no entregarse.

Pero no se equivoquen amigos: no sólo ellos son los responsables. Somos todos responsables. Y no se trata de ahora sentirse conmovido y juntar latas y pañales para Saúl. No se trata ahora de querer remendar lo irremediable con lo que nos sobra en la alacena. Se trata de pensar seriamente en cómo vivimos y como nos olvidamos de los que viven menos, gracias a nuestro “sistema”. Ese sistema que a unos pocos como nosotros nos beneficia con alimento asegurado, vestimenta (y de la buena), educación (y de la privada), trabajos de oficina (y bien remunerados aunque nuestras almas codiciosas nunca sean satisfechas). Para que todo eso suceda, para que las grandes urbes tengan su boom de ventas de aires acondicionados y pirotecnia, para que los barrios más lindos tengan cada vez mas “seguridad” (asegurar lo nuestro, lo que “nos ganamos”), para que los que son feos, negros, con gorrita o extranjeros no nos molesten en nuestro trayecto diario (en nuestros confortables autos) con sus demandas de comida y asistencia, para que las clases medias y altas podamos seguir disfrutando de las bondades del capitalismo de consumo y sigamos alimentando nuestra codicia y nuestra inagotable sed de tener más y más, para que los productores agropecuarios sigan ganando millones a expensas de (otra vez, que casualidad) los negros, los extranjeros, los desvalidos quienes son sometidos a condiciones de esclavitud y explotación laboral, para que nuestro equilibrio mentado en “lo mío es mío y nadie tiene derecho a sacármelo” siga en pie: muchos niños como Saúl tiene que morir de hambre. Ese es nuestro combustible, ese es nuestro pacto con el diablo.
Eso sí, debo pedirle a aquellos dedicados a la política o a la formación de opinión pública, o simplemente al ciudadano común que se encuentre leyendo estas líneas desesperadas, se abstengan de enarbolar a Saúl como paladín de la pobreza y rasgarse de esa manera sus onerosas vestiduras en pos de un sosiego personal (o sea, lavar culpa) o en rédito corporativo-partidario. No hay nada más inmoral que predicar con el hambre del otro sin primero haberse conmovido, sin primero sentir que con Saúl se muere un pedacito nuestro. Sin haber sentido el olor rancio de su casilla y haber abrazado a su madre desesperada.
Que aquellos que se dedican, allá a lo lejos en la gran ciudad, a denostar y injuriar a los que algo han hecho por otros Saúl, se abstengan de utilizar esta carta como espada.
Eso sí, a todos invito a la reflexión: no podemos pretender un país más justo si no estamos dispuestos TODOS a ceder algo. Si no estamos dispuestos a entender que para ser realmente humanos y ciudadanos plenos, tenemos que repartir mejor lo que nos toca.
Mi vida no va a ser la misma desde hoy. No creo que pueda borrar de mi mente esa imagen de Saúl durante mucho tiempo. Yo estuve ahí y no pude hacer mucho por él.
Uds. seguramente lean esto, se sientan conmovidos y horrorizados. Seguramente a los cinco minutos se hayan olvidado del tema y vuelvan a sus afortunadas vidas. Lo que les pido es que cuando lleguen a sus casas, besen a sus hijos, hermanos o padres. Y agradezcan por lo mucho que les tocó. Y piensen en Saúl.

Que tendrá que pasar para que todo esto cambie?

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